dimecres, 25 de setembre de 2013

Cuéntanos tu experiencia



Duoda, el cultivo de un jardín                                                     


               * Por Aura Tampoa Lizardo
Transitar Duoda, implicó, reconocerme en complicidad con la vida y sus fluctuaciones. Ver hacia dentro/hacia la madre, desnudarme del lenguaje “prestado” (al cual le tenía pavor) para volver a la lengua de la carne. Esa lengua es un jardín, alberga símbolos como las plantas, únicos, perfectos, de gran potencia sanadora.

El cultivo de las palabras requiere detenimiento, disposición para el asombro, recuerdo y olvido, así, simultáneos. Mi detenimiento comenzó por la visión, dando origen a la lectura reveladora de la realidad, desde ella, cada imagen es relación. Sentarte a admirar tu jardín es, confesar el asombro ante los milagros del ser, respirar, sentir cada movimiento ajeno como parte de ti, comprender las transiciones de las moléculas que somos, comprender por qué nos desafinamos, porque las plantas vibran, suenan, así como las palabras.

Detenerse en el jardín y hurgar ¿Qué sucede cuando somos ruido? ¿Es cierto que todo ruido carece de armonía? ¿Es cierto que toda muerte carece de belleza? ¿Existe la verdad? ¿Y, si existe, por qué nos prohibieron hablar de ella?

Pues sí, leer la existencia en lengua materna conduce, indudablemente, a la verdad. Al encuentro con las palabras de verdad. Al llegar a este punto, la fidelidad a ellas es fidelidad a ti misma, de modo que, cualquier otro lugar de enunciación parece un sueño pesado, una borrosa pesadilla.

Duoda, las maestras de Duoda, van soltando destellos que iluminan el jardín sobre el cual reposa tu corazón, su suavidad nos enseña a leer, a mirar siempre como la primera vez: libres de razón y plenas de amor. 

 

(Fotografía: Georgia Pintando de Tony Vaccaro)

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